Saludos Socialistas

El rincón del inconforme

martes, 2 de marzo de 2010

Al abuelo que nunca conocí


Viendo una foto de mis abuelos paternos, Félix y Julia, me vienen a la cabeza un montón de ideas, pensamientos, sensaciones, tristezas, es complicado detallarlo todo. Recuerdo mucho de ellos y por fortuna cada día pueden aportarme muchos recuerdos más, pero hoy no es día de homenajearles en este blog, todo llegará, espero que tarde mucho.


Hoy es el día de homenajear a aquel abuelo que no conocí y ¿qué mejor homenaje hay en este mundo, que dejar testimonio escrito de una persona? No pretendo hacer un recorrido completo por la vida de aquel medio alemán que tuvo más de valiente y luchador que de afortunado, que conoció tanto la miseria y el hambre como el amor de una familia que le quería. Las palabras nos sobreviven, lo escrito es inmortal, nadie puede borrar las palabras porque la transmisión del conocimiento es fiel guardián de aquello que merece ser recordado. Por eso, con estas palabras quiero recordar a aquel que no pude conocer, pero que me resulta tan familiar como si siempre hubiera estado a su lado, como si hubiera compartido con él visitas a castillos o me hubiese llevado al río, al cuadro...Por suerte tuve a alguien que hizo conmigo todas aquellas cosas. Hoy quiero recordar a mi abuelo Quico.


Debían ser años duros, era la década de los años veinte, Alfonso XIII reinaba con mano de monarca contemporáneo, sin figurar mucho pero recordando aquella perspectiva canovista, sin rey no hay nación. Por aquellas calles seguramente lluviosas y grises, que invitan a entrar en un "chigre" a beber un culín y calentarse al amor de la lumbre, correteaba un niño que se había escapado de un sucio hospicio en el que se encontraba recluido. Estaba condenado a vagar por esta vida sin padres, vida dura para un niño en la España de principios de siglo. No conozco muy bien todos los detalles, en ocasiones he preguntado, pero todo es confuso, sus hijos lo perdieron pronto y tal vez no pudieron preguntarle todo lo que querían. Se que trabajó en una farmacia, seguramente de recadero, allí debió conocer gente, era sociable, frecuentó los bares cuando es probable que ya despuntaran entradas. Seguramente allí, en aquellas calles adoquinadas, de ciudad industrial del norte, tal vez junto a la Texera, o buscándose la vida por el puerto o Versalles, conoció que Asturias era una república socialista, seguro que aquel día 5 de octubre el sol brilló con fuerza. Después llegó la represión, la primera que conoció, por el mismo genocida que protagonizaría la de unos años después. Fue movilizado, y combatió en Extremadura, quizás un extraño presagio de lo importante que sería aquella tierra parda el resto de sus días. Tras aquel largo servicio, una vez derramada la sangre y pegados los tiros, cuando desde Madrid decidieron licenciarle se dedicó a adentrarse a nado en alta mar para recoger chatarra que llegaba con la marea fruto de la II Guerra Mundial. Por aquellos años debió de conocer a aquella persona, Baldomera, con cariño la llamaban Meri. Huía de la pobreza, reflejo de una sociedad extremeña expulsada de su tierra, expulsada por el freno de los "señoritos", de aquellos fascistas autoritarios que repartían jornales a peseta y explotaban con la ley de la represión y el miedo en la mano. Hijos de la gran puta. Cuantas vidas arrasadas por la codicia, por la intolerancia, por la incultura, por la cobardía, por la condena impuesta por una derecha reaccionaria que no soportaba perder su poder, que sólo ansiaba mantener sus privilegios aunque aquello segara la vida y postrara de rodillas a aquellos que habían ansiado una vida mejor. Pero no pudieron, al igual que estas palabras que nadie podrá borrar, aquellos cobardes no consiguieron acabar con todos. De hecho, aquella mujer encontró un tesoro mayor que cualquier finca, a mi abuelo Quico. Y es más, tuvo la osadía de salir adelante, de comprar una casa, por supuesto, en un barrio obrero, junto a lo que fue una fábrica de tejas. Pudo ir al mercado, pudo comer, y se convirtió en una asturiana con sangre extremeña que nunca olvidó sus raíces.


Pero volvamos a aquel asturianín con gafas y algo pelón, recuerdo que de pequeño me recordaba a Rompetechos, pero después me enteré que un día rescató a una niña de un incendio, que fue bombero. Aquel día admití con orgullo que mi abuelo había sido un héroe. Qué gran satisfacción, seguro que por aquella época o tal vez un poco después, ya bajaba en un Renault 4L, al más puro estilo hispano, desde la, en aquel tiempo, remota Avilés, hasta el, en aquel entonces, remoto Hernán-Pérez. Pasaría por Árrago y recordaría los baños del año anterior, por aquella época, había en verano en aquel río un tal Félix con un burro y un serón cargado de refrescos. Ya teníamos chiringuito en un chozo. Seguro que alguna vez tomó algo con él, pero no lo sé, porque en realidad desconozco si coincidieron allí alguna vez.


Había algunos chavales que corrían a saludarle al llegar, se sentaba y se dedicaba a hacer barcos de hueso, con asta toro, todavía están por mi casa con las banderas "tatuadas" de pegatinas de equipos de fútbol. Era un tipo innovador, más vivido que leído, pero ya se sabe, para aprender, andar o leer, todo vale si la dicha es buena.


Políticamente, desconozco que pensaba aunque supongo que quien conoció la miseria franquista, no deseó que se volviera a repetir.


Me habría gustado conocerle, hoy en día ya sería mayor para andar discutiendo con él, pero seguro que se sentaría al sol con algún otro veterano de guerra, seguro que compartiría charlas de antiguos sucesos con Tío Genaro, al sol, en la puerta de Loli, viéndola tender la ropa, para luego retornar a mi casa y darle un beso a aquella hija que tanto sufrió su pérdida, seguro que se atrevería aún con una botella de sidra y un plato de fabes, era un buen asturiano y cuesta perder las buenas costumbres. Pero no pude conocerle, la vida en ocasiones es puro dolor e incluso aquellos que le adulaban llevaban tiempo estafándole. Falleció en un accidente de tráfico en el Puerto de Perales, un camión segó aquella vida y casi siega la de toda mi familia asturiana. Pero algo hizo que sólo fuera él, algo hizo que el resto quedara con vida para contarme que mi abuelo Quico fue un buen hombre. Por eso estas palabras, por eso este recuerdo, al abuelo que nunca conocí.